Estas dos últimas semanas han sido de mucha tensión. Tanta, que he estado a punto de padecer un ataque de ansiedad y, ¿qué hace una persona gorda cuando tiene ansiedad? Come. Come y bebe hasta reventar para que te ingresen en el hospital por algo de lo que puedas sentirse orgulloso, como un cólico. Esa es la diferencia principal entre una persona gorda y otra persona que no lo es. Y como la sociedad actual es tremendamente estresante para los sujetos que la constituimos, pues los gordos que la componemos nos desbocamos.
El desajuste de mi sistema nervioso se ha debido a dos razones, una buena y otra mala –como en los chistes-. Por un lado, un alto contenido estresante motivado por la –ya definitiva- aprobación del proyecto laboral al que llevo dedicado año y medio de mi gruesa vida y que ha necesitado mil millones y medio de correcciones y modificaciones de ultimísima hora. En segundo lugar, porque me he comprado una –media- casa.
Por cierto, estáis todos invitados a cenar. Una manzanita y poco más, por supuesto.
¡Jajaja! ¿Qué esperaban, marisco? ¡Si estoy a dieta y tengo que pagar hipoteca!
Pienso continuar la dieta desde la próxima cena. Nada de esperar al lunes siguiente, tópico habitual en estas situaciones. Mañana me peso y veo el retroceso practicado.

