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jueves, 10 de febrero de 2011

Regreso.

Llevo tiempo sin escribir. La razón está muy clara: llevo tiempo sin hacer dieta estricta. De hecho, nunca la he practicado. Sólo me he quitado de los hidratos de carbono -malditos hidratos de carbono que están por todo los alimentos-, los azúcares y el alcohol.

Estas dos últimas semanas han sido de mucha tensión. Tanta, que he estado a punto de padecer un ataque de ansiedad y, ¿qué hace una persona gorda cuando tiene ansiedad? Come. Come y bebe hasta reventar para que te ingresen en el hospital por algo de lo que puedas sentirse orgulloso, como un cólico. Esa es la diferencia principal entre una persona gorda y otra persona que no lo es. Y como la sociedad actual es tremendamente estresante para los sujetos que la constituimos, pues los gordos que la componemos nos desbocamos.

El desajuste de mi sistema nervioso se ha debido a dos razones, una buena y otra mala –como en los chistes-. Por un lado, un alto contenido estresante motivado por la –ya definitiva- aprobación del proyecto laboral al que llevo dedicado año y medio de mi gruesa vida y que ha necesitado mil millones y medio de correcciones y modificaciones de ultimísima hora. En segundo lugar, porque me he comprado una –media- casa.

Por cierto, estáis todos invitados a cenar. Una manzanita y poco más, por supuesto.

¡Jajaja! ¿Qué esperaban, marisco? ¡Si estoy a dieta y tengo que pagar hipoteca!

Pienso continuar la dieta desde la próxima cena. Nada de esperar al lunes siguiente, tópico habitual en estas situaciones. Mañana me peso y veo el retroceso practicado.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La decisión

Me he comprado un piso. Bueno, la mitad de él. La otra mitad se la ha comprado mi novia y hemos decidido compartirlas. Espero que caiga en mi parte la cocina o, por lo menos, el frigorífico. Siempre es mejor que el fregadero, digo yo.

Por ello, el fin de semana pasado lo hemos empleado en tomar una de las decisiones más importantes que un hombre debe tomar en su vida y que condicionará su felicidad futura: ¡Elegir sofá!

La tarea, en principio es fácil: entras en una tienda de sofás –o de muebles-, oteas el interior a la búsqueda de aquel que puede ir en concordancia con tus sábados y domingos, lo afrontas y te sientas. Si te invita a tumbarte hacia un lateral es porque es lo suficientemente acogedor para estar en el salón de tu casa, pero no olvides hacerlo ya que es muy importante comprobar el resultado de apoyar tu cabeza en el reposabrazos.

Si pasa esta prueba ¡Cómpralo!

Si no lo hace, te levantas y te sientas en el siguiente. Si ése tampoco lo corrobora, te levantas y te sientas en el siguiente. Si tampoco te convence, te levantas y te sientas en el siguiente…

Pues así lo he hecho hasta un millar de veces.

¿Exagerado? Exagerado es el dolor que tengo en las piernas por las agujetas que me han salido de tanto sentarme y levantarme. He llegado, incluso, a desarrollar un sexto sentido que me permite verificar la dureza de cualquier asiento con sólo mirarlo ¡Con tal de no tener que sentarme sobre él!

Me he arriesgado a desarrollar una fobia a sentarme en un sofá ¡Tendré que realizar una autoterapia de choque! Por esto, pienso pasarme el próximo fin de semana sobre un sofá viendo la televisión o jugando a algún videojuego.

Pero el esfuerzo ha merecido la pena y ha tenido su recompensa ¡Ya tengo sofá!

¡La de cervezas que me voy a beber sobre él!