Hoy me han puesto una nueva muela.
Me he gastado más de 250 pavos (uno relleno me comía yo) en enfundar mi molar encarecidamente, es decir, en carey.
¿Sabéis qué? Con esa nueva muela podré comer sin problema turrón del duro, piñonates, rumiar costillas de cordero, abrir botellines de cerveza cuando se pierda el abridor, comprobar que las monedas sean o no de chocolate, abrir las nueces, fabricarme mi propio hielo picado para mi mojito navideño y hartarme de chicharrones secos y regañá.
Pero no. La jodida dieta que estoy padeciendo me impedirá disfrutar de mi nueva muela hasta que no logre gastar la poca fuerza de voluntad que me queda. ¿Y para eso me gasto ese dineral? ¿Acaso una muela tan cara me será necesaria para masticar lechuga raída o engullir puré de verdura naranja?
Debería haber invertido ese dinero en un jamón y un queso.
