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jueves, 10 de febrero de 2011

Regreso.

Llevo tiempo sin escribir. La razón está muy clara: llevo tiempo sin hacer dieta estricta. De hecho, nunca la he practicado. Sólo me he quitado de los hidratos de carbono -malditos hidratos de carbono que están por todo los alimentos-, los azúcares y el alcohol.

Estas dos últimas semanas han sido de mucha tensión. Tanta, que he estado a punto de padecer un ataque de ansiedad y, ¿qué hace una persona gorda cuando tiene ansiedad? Come. Come y bebe hasta reventar para que te ingresen en el hospital por algo de lo que puedas sentirse orgulloso, como un cólico. Esa es la diferencia principal entre una persona gorda y otra persona que no lo es. Y como la sociedad actual es tremendamente estresante para los sujetos que la constituimos, pues los gordos que la componemos nos desbocamos.

El desajuste de mi sistema nervioso se ha debido a dos razones, una buena y otra mala –como en los chistes-. Por un lado, un alto contenido estresante motivado por la –ya definitiva- aprobación del proyecto laboral al que llevo dedicado año y medio de mi gruesa vida y que ha necesitado mil millones y medio de correcciones y modificaciones de ultimísima hora. En segundo lugar, porque me he comprado una –media- casa.

Por cierto, estáis todos invitados a cenar. Una manzanita y poco más, por supuesto.

¡Jajaja! ¿Qué esperaban, marisco? ¡Si estoy a dieta y tengo que pagar hipoteca!

Pienso continuar la dieta desde la próxima cena. Nada de esperar al lunes siguiente, tópico habitual en estas situaciones. Mañana me peso y veo el retroceso practicado.

domingo, 16 de enero de 2011

Día 33: Comida en compañía.

Vamos a ver, ¿qué parte de estoy a dieta no se entiende? Está muy claro, verdad. ES-TOY-A-DIE-TA. Y yo no lo oculto, es más, no únicamente lo anuncio, sino que lo advierto.

¿Y qué implicaciones conlleva estar a dieta? Pues que debo controlar mis impulsos para no ingerir demasiadas calorías en cada toma de comidas.

¿Y cómo se consigue? Pues, sobre todo, reduciendo mi exposición a estímulos alimentos hipercalóricos –los que más nos gustan- para aminorar la tentación de comerlos.

¿Y si se presentan ocasiones de comer con personas que no padecen una dieta? Pues intentaré pedir yo y adaptar el menú a mis necesidades. Total, a todos nos sienta bien comer sano. Si acaso se saca un poco de queso, o alguna conserva, pero poco más.

¿Y se pide vino, cubatas y dulces a los comensales? De ese tipo de alimentos ni se menciona, o tendrán que soportar una verborrea infinita e interminable que impide el disfrute de la ingesta de los mismos y hará que se arrepientan por haberlos solicitado sin mi beneplácito.

¿Ha quedado claro? ¿Sí? ¡PUES DEJAD DE COLGARME CARTELES DE UNA PUTA VEZ POR MI CIUDAD SOLICITÁNDO MÁS CALORÍAS CUANDO SE COME CONMIGO!

Prueba de pancartas colgadas para solicitar más calorías cuando se come conmigo.

miércoles, 12 de enero de 2011

Día 30: Un mes.

91,5 Kg. 

¡Sólo he conseguido perder un kilo durante este primer mes de dieta! ¡Un kilo y doscientos insignificantes gramos! 

Después de tanto padecimiento, tanto pesarme, tanta desesperación, tanto mirar para otro lado, tanto sufrimiento y tantas cohibiciones. Después de la cantidad de lechuga, zanahoria, coliflores, habichuelas, berenjenas, calabacines, pescaito a la plancha, etc. que he soportado. Después de algunas -sólo algunas- cervecitas, paellas, potajes, jamones, quesos, embutidos, botellas de vino, copas de cava, polvorones y mantecados. Tras un mes en el que sólo me he bebido un único chupito de orujo, ¡va y sólo pierdo un kilo! ¡Sólo uno!

¡Cómo moooooooooooooooooooooola! 

A por el segundo, guapetón.

martes, 4 de enero de 2011

Día 22: Año nuevo, vida nueva.


Esta mañana me he pesado. 91,7 Kg. ¿Qué os parece?

¡Después de tanto sacrificio! Lo único que he perdido han sido las tres semanas que llevo a dieta. Para que vean, no se ha consumido una sola tableta de turrón de chocolate en lo que llevamos de año, cuando lo usual era gastar al menos 20, gracias a mi contribución, por supuesto.

Encima, me intentan consolar con argumentos tales como que han pasado las fiestas navideñas, que son de mucho comer y beber, y de muchos dulces; y que me haga a la idea de que he conseguido no poner peso durante las mismas, al menos.

Señores, cuando estaba gordo tampoco ponía peso. Estaba gordo y ya está. No engordaba y mi peso era estable: simplemente era gordo. Cuando uno sobrepasa el límite de peso establecido para que se le establezca como término al que debe responder, el número que marque la balanza es indiferente, a menos que sea para demostrar la gran dificultad que es hacer dieta para bajar de peso.

¡Que sí, que sí!

Mira, mejor me voy a meter entre pecho y espalda un pedazo de pizza que me va a quitar las penas. Posiblemente mañana tenga remordimiento de conciencia. De hecho, ya los tengo. Tengo tantos que sería capaz de ponerme las mallas y salir a correr a estas horas de la noche. Menos mal que no existen ridículos culotes donde entre nuestro culo, porque si no…

¡Y eso que aún no ha llegado el rosco de reyes!

domingo, 26 de diciembre de 2010

Día 14: pasada la navidad.

Una vez transcurrido el primer bloque de festejos navideños, de los tres agrupamientos en que se podrían dividir estas fechas: navidad, fin de año y reyes magos; debo decir que no me ha sido nada fácil el poder resistir estoicamente la tentación alimenticia hipercalórica. Es más, diría que, mi instinto de supervivencia me susurraba al oído, o más bien me gritaba: “¡Come, come, que van a volver los tiempos de hambruna!”. Bueno, todo hay que decirlo, no escuché claramente esas palabras, pero sí fue la interpretación que yo hice ¡ea!

Además, ¿no da coraje cuando estamos pasando hambre que recordemos alguna vez que dejamos de comer por algún motivo? En esa circunstancia siempre se piensa algo como: “Si tuviera acceso a la bandeja de pastelitos que me pusieron por delante la noche de nochebuena, iba a compartirla con mi hermano insiguía. ¡Y, como un gilipollas, la rechacé porque ya no podía más! Total, sólo comí 14 dulces.”

Si en ese momento se nos pasa por la cabeza que cuando acaben las fiestas, o durante el paréntesis que hay entre bloques festivos, volverá esta asquerosa dieta, le hacemos hueco a 14 pastelitos más, empujados con mantecados de las monjitas y aderezados con rico licor, y hacemos esfuerzo por no vomitar.

Debo destacar que el entorno en el que he estado no ha sido nada estimulante para mantener mi línea de alimentación a base de hojas de lechugas y zanahorias escalfadas, todo lo contrario, he sido tentado con los más diversos manjares como los muestro en el reportaje gráfico. Viandas que sólo serán posible degustar en ese momento ¿Por qué no se repite esa receta el próximo 18 de julio? Según mis cálculos, será el próximo día que me podré saltar la jodida dieta porque habré perdido 3 kilos.

El arroz con Bogavante y la botella de Vega Sicilia que me ventilé en  Navidad. ¡A ver quién tiene los cojones de decir que está a dieta! En ese caso, la lechuga no se menciona ni en broma.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Día 11. Encuentro de amigos.

Voy a situar al lector.

Una celebración, reunión, cena o almuerzo, en la casa de algún amigo, en un bar o restaurante, con muchas o pocas personas conocidas o no. Es decir, en cualquier contexto donde el personal esté dispuesto a comenzar a comer, yo incluido. Concretando, la típica congregación de amigos que se suelen hacer en estas fechas.

La gente llega, se saluda y nos ponemos al día de los últimos sucesos acaecidos en sus monótonas vidas y, antes de comenzar a debatir temas importantes, como el fútbol o el tamaño de los pechos de la nueva pareja de fulano de tal, se hace una pausa para pedir la bebida al anfitrión.

- “Una cerveza”, dice el primero.

- “Yo otra”.

- “¡Que sean tres!”

Es mi turno. Y no sé cómo pedir algo que no sea cerveza. Debo aligerarme para evitar crear expectación sobre mi decisión así que, intentando no llamar mucho la atención, descubro una voz chillona que sale de mi interior que dice: “¡Para mí un Nestea!”

En ese momento noto que, por la expresión atónita de sus miradas, todos los colegas están viviendo una experiencia similar a la muerte, puesto que, en un instante, les ha pasado por su mente todas aquellas imágenes de borrachera en las que he sido el protagonista. Pero, salvo algún que otro capullo que me anuncia inquisitivamente que mis tendencias sexuales han cambiado de acera, el resto gesticula afirmativamente aceptando la decisión adoptada puesto que no afecta a la cantidad de cerveza que ellos pueden ingerir ese día. Es más, los más ilusos lo aprueban con ilusión puesto que piensan que alguien sobrio les conducirá hacia su casa. ¡Pues como no venga su puñetera madre por ellos, van listos!

Pero siempre hay una que se da cuenta que estás haciendo dieta. Una que generalmente coincide con quién tiene un cuerpo esbelto de forma natural puesto que se destetó de su madre al segundo día porque engordaba. Ese tipo de chicas concuerda con aquellas que van siempre muy arregladas y están pendientes de que no se desmaquillen ni de que una brizna de viento destroce su estrafalario peinado desplazando dos milímetros algún pelo de su flequillo. Una de esas que, para mantener su delgadez, sólo come un poquito de pan a pellizcos ¡Y con cara de asco!

Pero, vamos a ver, “miarma” ¿no ves que el pan es de los alimentos más insípidos que existen a menos que vayan impregnado en alguna jugosa salsa? Si has decidido comer 20 gramos de alimento al día, ¡que sean de entrecot de buey o de bizcocho relleno de crema! Digo yo.

¡Ya me estigmatizó!

Entonces comienza con una larga e interminable lista de maliciosas preguntas sobre cómo lo llevo, qué alimentos como, cuánto he perdido (de momento una amistad, para empezar). Algunos de los colegas empiezan a reírse por dejarme arrastrar por el mundo actual y entrar en la secta del culto al cuerpo que tan de moda está en estos días. Otros me animan a tirar la toalla. Algún carajote se da cuenta que estaba gordo he intenta subir mi autoestima sin darse cuenta que, en ese momento, únicamente Sara Carbonero es capaz de lograrlo.

Es decir, sin comerlo ni beberlo, porque la dieta me lo impedía, decido mandar a todo el mundo al carajo de forma instantánea y empiezo a comer de todo lo que hay en la mesa engullendo de forma descontrolada puesto que, como hemos a pagado a escote, habrá que amortizar el gasto.

A los cinco minutos se acabó la conversación sobre mi dieta y continuamos hablando de fútbol.

La gilipollas no quita esa sonrisa en señal de victoria de su cara. Tendré que quejarme regoldando en su cara de la forma más sonora.

FIN

¿Os ha pasado algo de esto? A mí no, puesto que llevo mi dieta con orgullo y lo único que hago es hablar sobre ello y quejarme de lo mal que me trata la vida ¿lo habían notado?

¡FELICES FIESTAS!

sábado, 18 de diciembre de 2010

Día 6, segunda parte: Almuerzo.

No me entretengáis para que escriba, que se me pasan las bandejas llenas de comida.

Además, dicen que es de mala educación hablar con la comida llena.

¡A tomar por culo la dieta!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Día 3: Fútbol.

Hoy tampoco me he pesado. Y no es porque le tenga miedo, es pánico.

La verdad es durante estos dos días de dieta, al acostarme, he tenido una sensación placentera, satisfactoria conmigo mismo. La identificaba con el orgullo que siento al mostrar tanta fuerza de voluntad para estar tres días a dieta resistiendo mi gran ansia por la comida.

¡Craso error! Lo que sentía era hambre.

El diámetro de mi abdomen sigue igual de voluminoso que antes de comenzar la dieta, o incluso más. De hecho, estoy empezando a pensar que se me está hinchando debido a la poca ingesta de comida diaria que estoy realizando ¡Si va a ser peor el remedio que la enfermedad!

Encima, esta noche hay partido de fútbol televisado de mi equipo favorito y no podré acompañar a los jugadores con una cerveza en una mano y tapita de queso en la otra desde el palco situado en el sofá de mi salón ¡Y que nadie tenga la genial idea de indicar la solución de la cerveza sin alcohol y queso fresco! Eso engorda igual. Toda comida que al verla, olerla o comerla no te haga sentir como una vaca engorda ¡Y pensar que antes pesaba más! O eso espero.

Bueno, tendré que idear otra forma de animar a mi equipo favorito que no incluya calorías. ¿Y si pierde? ¿Cómo ahogaré las penas? ¡Cómo no sea a sorbitos de té!

Por cierto, mis deposiciones siguen siendo de color verde.
 

martes, 14 de diciembre de 2010

Día 2. Resignación.

Hoy me he tenido que enfrentar a un dilema moral que tenemos los gordos de este planeta que se plantean cometer locuras como las que estoy haciendo: pesarme.

¡Y una mierda!

¿Acaso piensa esa balanza, con su estúpida sonrisa que se burla de mi cada vez que me subo en ella, que me va a desmotivar? Con no subirme tengo bastante.

Además la calle está llena de idiotas que te dicen lo que tienes que hacer para perder peso, que si el desayuno es lo más importante, que si la dieta del albaricoque, que si dos litros de agua… Señora, ¿Acaso crees que soy el embalse de melonares?

Cuando me levanté, estaba resignado. Estoy a dieta/jodido y voy a estarlo mucho tiempo. Me la trae al pairo que estén cerca las comidas navideñas con esos platos elaborados, esas botellas de vino envejecido en barrica, las copitas de champán y orujo para brindar, esos dulces de las monjitas.

¡Y un cuerno! Yo este verano voy a lucir tipito en un chiringuito de playa tomándome un refresco de Cola Light ¡Eso es felicidad, cojones! Voy a vivir como ellos.

Que conste que me he vuelto a enfadar, pero la culpa de ello la tienen los innumerables energúmenos que nos encontramos en la carretera al volante de inservibles máquinas de transporte que hacemos lo que nos viene al pairo para llegar a nuestro destino y luego acusamos con una chillona bocina al que pase por nuestro lado.

¡Lo que la gente tiene que hacer es dejar de conducir y ponerse a comer! La vida será más fácil para todos. O, por lo menos, para mí.